jueves, mayo 31, 2007

La esperanza de Dios

Cristo Yaciente, Andrea Mantegna.


El hombre crea a Dios para buscar convertirse en él (...)
Dios es el eco de nuestro grito de dolor (...)
La conciencia de Dios no es más que la conciencia de la especie.
Ludwig Feuerbach

Creo que es algo innato a la naturaleza; los zoólogos le llaman el "macho alfa". Es algo que aparece constantemente en los hombres. Yo, como la mayoría, no era la escepción. Quería ser el más inteligente de todos, comprenderlo todo. Siempre he creído que la superioridad está en la mente. Quería ser Dios.

Era un experimento peligroso, nunca me fue ocultado. Sabrás que los seres humanos utilizan una mínima parte de su cerebro. Debes saber que los científicos piensan que se debe al periodo de evolución en el que se encuentran. Creen que en algún momento llegarán a utilizarlo todo; no es verdad.

Saldrá a la luz, ya lo verás. Explicarán de qué se trata el experimento y qué piensan lograr con ello. La iglesia católica, obviamente, fue la primera religión en oponérseles. Pensaban que era peligroso. Mucha gente estará de acuerdo, entre ellos tú, pero el poder que un cerebro completamente funcional representa para los gobiernos y la estabilidad religiosa les provocó rechazarlo, apelando a los principios religiosos, a los derechos humanos y a muchas normas jurídicas y morales.

Un día, en el siguiente mes de mayo, se acercó a mí Ludwig Barthes. Ya lo conoces. Me dijo que él era parte de los científicos que buscaban hacer aquél experimento que estaba causando tanta controversia a nivel mundial. No necesitó venderme la idea; a pesar de lo peligroso que resultaba ser el conejillo de indias, acepté sin dudar un instante. Ni siquiera medité la cuestión de por qué era yo al que le ofrecían la superioridad en la especie. Ellos, por su parte, nunca meditaron sobre lo que pensaría yo si su experimento resultaba exitoso. ¿Ludwig confía en tí, no es cierto?

Al siguiente día estaba en un laboratorio pequeñísimo, tendido sobre una cama. Lo primero que hicieron fue inyectarme una aleación altamente conductora de la electricidad en la yugular. Mi cuerpo comenzó a desestabilizarse. Se apresuraron entonces y conectaron a mi cabeza 3467 cables. Comenzaron a pasar descargas eléctricas por mi cuerpo hasta que me hicieron desmayar. Justo en el momento en que la comprensión absoluta estremeció con una violenta inmediatez mi conciencia, desaparecí.

Nunca encontrarán la explicación científica y, desgraciadamente, el problema que creyeron les sucedió con mi desaparición los alejó por siempre de realizar el experimento nuevamente.

Es otro tiempo el que transcurre cuando eres Dios, no lo podrías comprender. Espero sólo que comprendas la espera, una espera que no se podría contar con el número más alto que ustedes conocen. Y es que no hay nada más detestable que ser Dios. No hay nada que hacer ante la comprensión absoluta, ante la soledad del ser.

Creía aquél Dios que la existencia sería menos dolorosa ante el espectáculo de la sorpresa ajena. La sorpresa tiene, sin embargo, un límite, y ese límite era inferior a Dios. Es para tí como ver por siempre una misma película que tú produciste enteramente. Pero Dios tenía un objetivo más allá de su película. El objetivo eras tú. ¿Has visto como los personajes cobran una vida que rebasa la existencia del propio autor? Ese fui yo.

Dios esperó entonces a que mi existencia fuera igual a la de él. Cuando estuvo frente a mí entendí el acto que mi responsabilidad conllevaba y lo convertí en hombre.

Nunca se borrará el hecho de que fuimos Dios. El hombre, sin embargo, con el tiempo llega a la senectud y sus capacidades mentales decrecen considerablemente. Olvídate entonces de ser Dios. Olvídate aún de los dioses. Cuando Barthes te ofresca ser el sujeto en el que se realice el experimento di que no, y permíteme volver a ser, una vez más, un ser humano.

Hombre sin nombre

Joseph Mallord William Turner.

ya no eramos marineros habiamos quitado al inmenso desierto azul el poder de adjetivarnos no se con precision el por que tal vez haya sido ese pedazo de tierra que se estrello contra la nave anunciandonos que no eramos aquella nostalgia colonialista que nunca vivimos y que probablemente en realidad nunca existio que nos hizo comprender que el viento y las velas no podian sustituir a nuestras piernas cambiamos la embriaguez de pertenencia por la realidad humana de naufragio absoluto nos despojamos de todo velo y nos echamos a la existencia con la soberanía de nuestros pies comprendimos que los significados eran una invencion y arrancamos con el filo de una navaja las anclas que la ficcion habia clavado en nuestros cuerpos hicimos que el inmenso horizonte de arena nos acogiera en su calida soledad solo nos acompañaba ese fulgor asesino que engaña con su halo de gas apenas perceptible que nos enseño la naturaleza de matar y el suave sabor a miel de la redondez de la terrible espera

nos convertimos en lobos en una jauría de cuardumanos tan solo hambrienta el hambre y la sed se convirtieron en nuestros motivos la razon se subyugo a las delicias de la carne fresca y la imaginacion solo fantaseaba con los futuros banquetes ya no eramos marineros ya no eramos nada tan solo eramos nosotros fue asi que sin palabras llegue a conocer realmente quienes eran los seres que izaban las velas despues de una noche a merced de la ira del atlantico fue asi como me converti en un hombre fue asi como descubri quien soy realmente decir con palabras quien soy seria inutil seria una perdida de tiempo las palabras no sirven para nada como de nada sirven las empresas marinas

no trato de convencerte de nada pues ya no tengo ningun deseo politico para ti ya no soy un hombre tampoco intento dar alguna explicacion esto es tan solo la ultima estructura que me quedaba

Cuerpos de arena


Había en la antigüa Grecia una disputa entre varios filósofos presocráticos que trataban de encontrar y explicar el elemento genésico, el elemento que era el orígen del todo. Si se les pregunta el día de hoy a los científicos dirían que, cuando menos, el elemento biogenésico, el que dio origen a la vida, es el agua. Pero el agua es un elemento que, cuando menos en su estado líquido, es muy difícil de encontrar en el universo. Nuestro mundo, sin embargo, está constituído, cuando menos superficialmente, de una inmensa mayoría de agua. La pregunta es: ¿de dónde surge el agua?
Hay dos analogías que me gustan mucho. La primera, la científica, surgió cuando un grupo de hombres quiso hacer una nueva teoría biológica. Ellos utilizaron una metáfora muy bonita, una metáfora que para ellos era una explicación literal: tomaron la mitología griega para decir que la tierra era, como tal, un ser vivo. Gaya, la tierra, era en sí una inmensa célula. Entonces todo lo que la conforma, incluidos nosotros los humanos, seríamos organismos que la componen. Parecería que esta teoría es una analogía de la tierra con los seres vivos, sin embargo a mí me parece lo contrario: los seres vivos somos una analogía de la tierra. La segunda se encuentra en el libro del Génesis en la Biblia. Y es que, a pesar de ser ateo, la imagen de Adán siendo creado de lodo me parece magnífica. Y es que somos agua, científicamente está provado que somos agua que parece estar encerrada en la tierra.

Tengo que repetir que no soy un hombre religioso. La ciencia es, en estos días, la religión más objetiva, es, sin embargo, una religión. Así puedo decir que utilizo a la ciencia sólo para acercarme a tí, para que tu aceptes como razonables las ideas que intento explicar. Simpatizo con el conocimiento intuitivo. El conocimiento intuitivo se ha convertido para mí en lo más importante para poder asimilar los fenómenos y los objetos del mundo. Dicen que las palabras son la convención que nos hace entender al mundo, yo, sin embargo, no las necesito, sólo las utilizo para poder comunicarme contigo.

La tierra es como la piel, es una metáfora que ya se ha convertido en lugar común. El agua se encuentra contenida en ella. La pasión es como el fuego, otro lugar común. El aire se produce con el movimiento, con el aliento que produce el cuerpo en movimiento. Los lugares comunes, sin embargo, no sólo existen debido a que se han convertido en una convención, sino que tienen por sí mismos un conocimiento intuitivo común entre la mayoría de los individuos.

Yo veo, en mi imaginación, a la tierra que se mueve al rededor del fuego y, al mismo tiempo, la piel girando al rededor de la pasión. Es el fuego y su fuerza gravitacional la que hace que la tierra se mueva y se mezcle con otra tierra, y se friccione. De entre esa copulación de la tierra brota agua, una agua que es de distinta salinidad y que se mezcla, de una dulzura morena y una dulzura cobriza que se combinan, creando un nuevo sabor. Y del movimiento surge el aire, el viento que danza con el calor y evapora el agua que es elevada y copula, a su vez, con el aire.

Es de los elementos en acción, de los elementos que se funden en la intimidad de la imaginación natural que surge la vida. No de la tierra, solamente, de donde surge el agua, ni del fuego, ni del aire, es de su comunión sexual.

La muerte viene cuando los elementos se separan. La tierra deja de ser movida por el fuego y, a falta de movimiento, el aire deja de ser viento, y el agua se seca y se convierte sólo en agua. Tierra, agua, fuego y viento se individualizan y dejan de actuar, dejan de copular entre sí.

Creo que lo que quiero decir es que la salinidad de mi tierra y la dulzura de la tuya se complementan a la perfección, o al menos es lo que creo. Decir eso significa que para mí eres la vida, que no tengo vida sin tí. Nuestros cuerpos son de arena y yo quiero diluírme en tí.

-- No creo en lo que acabas de decir, darling. No por ello niego que lo que acabas de decir sea bellísimo. Yo también te deseo, y creo que te hubiera bastado con un te quiero.

miércoles, mayo 09, 2007

El gaucho


... linda rastra, linda.
Polo Polo
I.- "... jugar a los naipes, embriagarse y robar" (Álvarez 72)

Mi nombre no importa, lo perdí aquella noche en la que, en un local de Buenos Aires, descubrí mi verdadero destino.

Yo era como cualquier otro jóven porteño de padres criollos: educado en la historia, conocedor de la ciencia, instruido en las técnicas del arte. La posibilidad de cambiar al mundo se había convertido en una obsesión para mí, y creía en la habilidad de mi pluma, en mi destreza en la ejecución musical en el piano y la guitarra. A menudo fantaseaba con vitoreos en francés, o con palabras de admiración de los más importantes próceres argentinos. La verdad era que estaba sumido en la más patética soledad. Había aún perdido la capacidad de observar y sólo obtenía consuelo de la imaginación fantasiosa. Estaba desesperado.

Era sábado, y salí del rincon de mi buhardilla para tomar rumbo a través de las calles de aquella tumultosa ciudad. Tenía trazado el camino; iba a jugar a los naipes. Los naipes ponían todo en perspectiva, eran una ironía... divertida. Teníamos, todos los que cada sábado visitábamos aquél lugar, una pericia matemática en las decisiones que se deben tomar en el juego. Así, todo era cuestion de una extrañísima energía que algunos le llaman suerte. Era lo contrario a la vida; aquí no importaba el color de tu piel o dónde habías nacido.

Entre todas las caras conocidas se escondía una en un rincón, cuyos rásgos se dejaban apenas iluminar por una luz tenue que se perdía en la oscuridad de las sombras que se proyectaban en su cara. Creo que lo que más me llamó la atención fueron unas monedas de oro, extrañísimas, que colgaban de la rastra que rodeaba su cinturón.

Aquél hombre miraba inquieto, con una especie de melancolía, la mesa donde me fui a sentar. Frotaba sus manos por un rato y luego prendía un cigarrillo. Lo consumía, lo tiraba al suelo, volvía a frotar sus manos por un rato y luego volvía a enceder un cigarrillo. Nosotros jugábamos. Terminábamos una mano y volvíamos a empezar. Domingo llevaba la delantera en las apuestas. Yo iba perdiendo dos reales; no mucho, sin embargo con ello podía comprar... ¡no sé! Un becerro tierno.

Faustino sonrió. -- Ya no podés quitarme más plata --dijo -- a menos que les quede debiendo. Yo le pago al que me preste la siguiente semana -- concluyó. La negación de todos los presentes no se hizo esperar: ¡pero es que vos estás piantao! Faustino se levantó, nos dijo que la siguiente semana nos vería y recuperaría lo perdido. Luego se marchó.

El gaucho dejó su lugar con decisión y caminó hasta nuestra mesa. Se sentó sin decir nada en el lugar vacío que había dejado Faustino y puso su peaje en el centro de la mesa.

-- Si perdés, perdés -- le dije intentando evitar algún conflicto.

-- No hay problema... yo le pertenesco a la suerte; desde cebollita me entregué a ella.

Los dos reales fueron incrementándose rápidamente. El dinero no era un problema, no me preocupaba. Pero Faustino parecía estar muy molesto; quería salir de ahí con los bolsillos llenos. Cada vez bebía con mayor desesperación. Se servía más rápido. Bebía más allá de saciarse; como si estuviera herido, como si delirara y ya no hubiera mañana.

Sólo se requirió la más mínima muestra de su enojo, la menor sugerencia envuelta en rencor.

--Debes estar haciendo trampa-- dijo. Nosotros comprendimos, nos quedamos atónitos y esperamos la respuesta del gaucho que no se hizo esperar. Golpeó la mesa con sus nudillos y le respondió que le iba a partir a piñas, que le iba a romper el horto con los puños. Faustino rió, mitad nervioso, mitad intimidante. El hombre se levantó con la naturalidad de una bestia que va a devorar a una fácil persa, se acercó a Faustino que, temeroso, no pudo ni ponerse en pié, sacó un cuchillo que tenía sujeto a la rastra y lo clavó decididamente en el abdomen de aquél.

Me quedé impresionado, sin poder moverme. No sabía si el gaucho acabaría con todos o si huiría al acto. Me sedujo la libertad salvaje de aquél gaucho y me quedé sentado observándole. Decidí que si aquél hombre se marchaba, yo le seguiría hasta ser diluído con él en aquella suerte de la que había hablado.

Con una asombrosa tranquilidad limpió con su pantalón la sangre de Faustino impregnada en su cuchillo mientras aquél se quejaba, decrecendo, en el suelo. Para mi mayor asombro el gaucho volvió a ocupar su lugar y nos preguntó si seguiríamos jugando. Los otros dos le dijeron que no y salieron de ahí a paso veloz, mirando de soslayo que aquél hombre no les siguiera.

-- Me gustaría seguir jugando -- me dijo con una tranquilidad seductora -- pero creo que me tengo que marchar.

-- ¿Dónde vivís?

-- ¿En dónde más voy a vivir, che? En la pampa.

-- ¿Qué tan lejos?

-- Tres días.

-- ¿Peligroso el viaje?

-- Si.

-- ¿No te vendría bien alguien que te ayudara a llegar?

Sonrió. Comprendí que era un signo de aceptación. ¡Vamos! Me dijo y le seguí los pasos.

II.- "Todos los gauchos del interior son rastreadores (...) es preciso saber seguir las huellas (...) El baqueano es un gaucho (...) que conoce a palmos, veintemil leguas cuadradas de llanuras (...) Es el topógrafo más completo (...) El cantor anda (...) cantando a sus héroes de la pampa (...) (Sarmiento, 44-47)

La historia se acabó para mí aquél día. Mi viaje a la Pampa y mi conversión fue lo último, lo demás son sólo anécdotas de animales que cazé, de robos, de encuentros sexuales.

El hombre iba en su caballo, cantando. Me pedía constantemente que memorizara las canciones:

"¡Viva nuestra libertad
y el general San Martín,
y publíquelo la fama
con su sonoro clarín!
Cielito, cielo que sí,
de Maipú la competencia
se consolidó para siempre
nuestra augusta independencia." (Anónimo, 19)

De vez en cuando se paraba. Encontraba un árbol en el horizonte que contrastaba con la monotonía de la pampa y amarraba a su caballo. Yo le seguía en aquél alazán que había robado de la caballeriza de mi padre y me quedaba, con las enagüas deshechas montado sobre el caballo, sin poderme bajar. El gaucho arrancaba la hierba, la olía; sentía el aire y se ponía de frente a él, lo respiraba intentando de notar en él la paja que cubría su choza, el aroma de la madera húmeda del barril en donde comía. Se volvía a montar y proseguía.

Fueron, en total, cuatro días de camino. Habíamos topado, en el segundo, con unas huellas que el gaucho, cuyo nombre no sabía pues no parecía de relevancia, señaló con el índice izquierdo. Se volteó hacia mí y me dijo: Huellas. Caballos, unos quince. En formación. Soldados, seguramente. Los muy imbéciles no caminan en línea recta, van moviéndose poco a poco a la derecha. Creen que son todos unos exploradores. Mañana, cuando salga el sol, se habrán dado cuenta. Mientras tanto, tenemos que seguir las huellas para no encontrarles. Ya que retomemos camino, seguiremos adelante.

Llegamos ya de noche. Yo esperaba una reunión al llegar a la choza de aquél hombre, sin embargo no había nadie. Al entrar a la habitación descubrimos que había sido usada en su ausencia. Me dijo que habían sido gauchos. Que no tenía ninguna pertenencia, así que no había problema. Sacó su cantimplora y me dejó tomar un trago; él bebió el último. La mía estaba vacía; no estaba acostumbrado a la inhospitalidad de la pampa. Me mostró un rincón y me dejó dormir ahí. El viento de mayo se colaba por la entrada carente de puerta y hacía temblar mis músculos. Dormí poco, pero dormí.

Me despertó temprano y me llevó a unos kilómetros a un camino de carretera. Dejó los caballos a unos metros, detrás de unos árbustos y me pidió que me recostara en el frío y alto pastizal.

(...)

Regresamos a su choza en la noche. Nos repartimos las medicinas y él se quedó con la jóven. Se quedó con dos toretes y yo me conformé con uno, y una vaca que pensé, ingenuo, me provería de leche. Apuntó luego al horizonte y me dijo que ahí nos despedíamos, que buscara algún lugar dónde quedarme en esa dirección. Jamás le volví a ver.

(...)

Ya viejo, descubro que fueron esos momentos fuera de lo que se puede catalogar como historia los que me proveyeron cierta alegría. Sólo recuerdo, con imprecisión, aquello que les relaté y recuerdo lo que hice el día de ayer. Sin embargo, los demás detalles de mi vida aparecen mezclados en mi memoria. Todos ellos se dieron a la pampa, forman parte de ella y no de mí... forman parte de la suerte.

Recuerdo también que hace unos días fui, como lo hice varias veces en mi vida, a aquella choza donde el hombre, cuyo nombre nunca conocí, se despidió de mí un gélido día de mayo. Por primera vez la encontré ocupada. Eran un grupo de gauchos que se dedicaban, como aquél hombre, a saltear caminos y, de vez en cuando, a proveerse y violentar las ciudades. Les pregunté por un hombre que había vivido ahí hacía más de treinta años. Les dije el año aquél cuando lo ví por última vez. Ellos le describieron. Creí que aquella descripción coincidía con mi vago recuerdo. Un tal Martín, me dijeron. Ahora ya sé su nombre.

Comprenderán, entonces, que no les podré dejar vivir.

martes, enero 23, 2007

Acto libre


saltando

el libro

libre

la liebre

libertina

libra

la muerte

hoja por hoja

por hoja por hoja

jueves, enero 11, 2007

Suspiro humano


¿Hasta cuándo dura el discurso cuando del cadáver sólo los huesos quedan?
¿Cuánto tiempo para que la piedra que emula lo que ya no existe caiga en pedazos?
Estoy seguro de que sin la muerte aprenderíamos de los errores, sin embargo aún más seguro estoy de que la mayor tragedia de la vida es el nacimiento.

domingo, diciembre 10, 2006

Cliché


Enero en Copenhaguen y su abrazo derritió la noche entre mis dedos, llenando de primaveras el invierno.

sábado, diciembre 09, 2006

El caso de la mascarilla de ahuacate (espero se diviertan como yo escribiéndolo)

¿Yo como tú? ¿Tú como ella? ¿Ella como yo? ¿Yo omnisciente, yo omnisapiente, yo omnipresente? ¿O sólo yo? ¿O solo yo? Sola yo.

Soy yo, sola. Y mi marido se ha ido de viaje. Siempre, sin embargo, estoy sola. Mis palabras siempre me acompañan, mis palabras hacia él que no resuenan, que sólo sirven para mí, para mi sola presencia. No tengo hijos por quienes preocuparme. No tengo amigas. Me tengo a mí encerrada en esta inmensa casa. Ahora estoy más sola que nunca, sola como siempre. Y el ruido de la televisión no logra disipar mis pensamientos, no logra calmar mi tristeza. La tristeza, probablemente, es lo que me mantiene sola. Antes creía que era mi soledad la que me mantenía triste, sin embargo ahora entiendo que siempre he estado sola. Probablemente acaso no recuerde más allá de lo que mi soledad me lo permite. O es la senectud que comienza a nublar mi vista, a llenarme de arrugas lo que me impide recordar. El control en mis manos me hace recordar aquellos momentos en los cuales podía siquiera disfrutar por algunos minutos del silencio de la casa. Pero ahora estoy muy vieja para ello. Tengo miedo a la gente, pues no tengo contacto con nadie. Tantas telenovelas y películas he visto en mi vida en las cuales, a pesar de sufrir, los personajes tienen una vida plena: una vida, cuando menos. Y yo, yo no tengo nada, tengo mi soledad y punto. Tengo un viejo que ya no conozco que se acuesta junto a mí y lee hasta el cansancio, hasta quedar dormido. Parezco no existir para él.

Durante las noches como esta veo a través de la ventana, observo las ramas de los árboles menearse y, a veces, golpear contra el vidrio de mi cuarto. Me parecen siniestras. Después de verlas por un rato comienzo a tener alucinaciones sobre ruidos que provienen del primer piso, como ahora. Y los ruidos comienzan a hacerse más intensos, y comienzo a imaginar a un par de ladrones que están saqueando mi casa.

Apago la televisión y vuelvo a ponerme entonces las dos rebanadas de pepino sobre mis ojos. Sigo esperando a que la mascarilla de aguacate se seque completamente. Trato de dormir, sin embargo los ruidos comienzan a hacerse más intensos. Me quito entonces otra vez los dos pepinos y me levanto cautelosamente. Aprieto mi oído derecho a la puerta de mi cuarto, pues el izquierdo no me funciona muy bien. Me parece oír pasos en la escalera. Es difícil convencerme que es mi imaginación. Me parece haber escuchado hablar a un hombre. Le contestan. El temor invade mi pecho. ¡Ahora sí no soy yo, ahora sí no soy! Las luces de mi cuarto están, por gracia divina, junto a la puerta.

Camino velozmente, a tientas, con las puntas de los pies hacia mi baño, donde tengo un perfecto escondite. Hablan muy fuerte. Seguramente están en el cuarto de visitas o entraron a la biblioteca de mi marido. Abro el closet con ansias. La puerta me golpea fuertemente en la frente. ¿Habrán escuchado el golpe? Parece ser que no; hablan muy fuerte. Se oye el caer de objetos que tiran de mesas o de qué se yo al suelo. Sólo espero, espero sola. Estoy sola como siempre. Mi marido no está. Mi marido no está. ¿Qué puedo hacer? Solamente esperar. Espera, espera y probablemente no busquen en el closet. ¡Va a ser el primer lugar donde van a buscar, soy una estúpida! No puedo salir, ya no puedo salir; tengo mucho miedo. Tengo que llamar a un médico, probablemente estoy descalabrada; tengo toda la cara y el vestido mojado pero no puedo ver nada. La puerta se abre, una tenue luz se cuela por debajo de la puerta de mi escondite.

-¡Pinche gente, qué pendejadas compran!

-Checa bien en el bureau de en medio.

¡Por dios, aquí están! ¡Están adentro! Se acercan, se acercan. Creo que vienen para acá. Que no se les ocurra abrir el closet, que no se les ocurra, por favor.

-Busca en el closet; estas pinches ricas siempre esconden sus collares en el closet.

-Pásame la llave por si lo tengo que forzar.

Una sombra oscurece la luz que se cuela bajo la puerta. Jalan la puerta y esta se abre. Sólo puedo gritar. Esos dos hombres a los cuales no puedo ver bien también gritan. Uno de ellos sale corriendo del cuarto y se escucha bajar a toda prisa las escaleras. Observo la bolsa que traía con todo lo hurtado. Una bolsa blanca, parece ser. Cambio mi mirada hacia el hombre que está frente a mí mientras continúo gritando frenéticamente con mis palmas de las manos hacia arriba. El no habla, ya no grita, no dice nada. Ahora lo puedo precisar borrosamente. Está presionándose con su mano izquierda el pecho y con la diestra se toma el hombro. Parece ser que no puede respirar. Va encorvándose cada vez más hasta caer al suelo. Se retuerce, levanta la mano derecha en señal de ayuda. Tengo que hablar a la policía. A una ambulancia para que me atiendan, para que lo atiendan.

Dos meses después de lo sucedido estoy ahora en un horroroso ministerio público siendo acusada de asesinato.

Idilio de un esquizofrénico ante un cadáver


Edouard Manet, Olympia.

Le pregunté en primer lugar por qué los

embalsamadores blasfemaban incesantemente

y se peleaban por los cadáveres de las mujeres

no pensando más que en su pasión carnal (...)

Ramose me dijo: (…) no causan mal ni

perjuicio alguno al cadáver, puesto que el

cadáver está frío y no siente nada, pero

cada vez se hacen daño a sí mismos

porque vuelven a caer en el fango.

Mika Waltari

La tarde continuó lluviosa. Las gotas diagonales golpeaban suavemente la ventana, besándola arrítmicamente. Mientras los árboles del camellón de la Rue Deschamps reclamaban los golpes con un interminable murmullo, él pasaba su pluma cautelosamente por el papel, intentando no perder la consecución de ideas que formarían una historia lógica para su personaje.

Llevaba días de desvelo en busca de una personalidad y de un contexto ante el cual enfrentarla. Sus esfuerzos parecían en vano mientras hojas arrugadas llenaban todos los basureros de su pequeña casa victoriana.

A pesar de los tantos principios, las luchas que ferozmente emprendía contra las primeras hojas eran inútiles; siempre era derrotado.

Necesitaba salir, sentirse real, dejar de ser un personaje de su propia ficción; necesitaba un nombre, un apellido, un “Comment ça va, messieur Julio?” Sin embargo los designios del hado parecían confabular en su contra. ¿A quién culpar? ¿A Démeter, a Tláloc? Es, seguramente, su mala suerte –o al menos es lo que el escritor cree— ¿No será a caso sólo cuestión de los azares del clima?

Su sexo: húmedo y blando. Mis dientes fantasean con morder sus labios, tomar sus ingles por debajo con mis pulgares, apretarlos por arriba con mis índices; hacer un pequeño movimiento circular con mi lengua alrededor de la perla íntima de su deseo: de su clítoris. Y el timbre de su voz obstaculizada por su pecho que se subyuga al placer del mágico e irresistible cosquilleo.

-María—me atrevería a preguntarle-- ¿Cuál es tu nombre?

- María es mi nombre.

- ¿Desde hace cuánto te conozco?—contestaría alejando mi boca de su sexo.

-Tú no me conoces.

Ella no cambia y nunca lo hará; ni siquiera en mi imaginación. Sé que haría una pausa para preparar mi estrategia.

-¿Hace cuánto, pues, te visito?—insistiría.

-Hace ya algunos años.

-¿Y hace cuánto que te dije lo que siento por ti?— nuevamente intentaría de obtener mi propósito.

- Ese no es mi problema—apática contestaría, sin cerrar las piernas.

-¡Pero claro que es tu problema!—furioso la trataría de convencer.

-Yo—comenzaría a responder con un lenguaje sutilmente irritante—lo considero gajes del oficio.

- Pero… ¡Carajo! Sólo quiero saber tu verdadero nombre—exclamaría imperativamente—Si no me lo dices—le advertiría—hoy no te pago.

-Entonces tienes un problema.

El caso es que, ni en mis fantasías eróticas con María –mi querida prostituta— logro poder eyacular. El conflicto que me contagian mis personajes – o, mejor dicho, mis intentos de personajes—a llegado a tal punto que invaden mi vida real; ya no es la ficción esa libertad que me permitía, por momentos, llegar a sentirme feliz. Es ahora un frasco de clonazepam el que me permite mantener la felicidad al alcance de mi bolsillo.

La llamada del fango

Puente del rey Carlos, Praga.

Pero cuando más cerca está el hombre

de la muerte, más fuerte surge en él

la llamada del fango, si su voluntad vive en él.

Mika Waltari

Fumo cuarenta cigarros al día; cuarenta cigarros al día han ido cubriendo mis pulmones de un velo pegajoso que limita sus funciones, que impide el libre paso del oxígeno a las arterias, que llena de dióxido de carbono mi sangre. Cuarenta cigarros al día sigo fumando, y seguiré fumando, pues, aunque ayer en la tarde me han entregado un papel con un nombre del cual no me quiero acordar pero que significa que tengo un cáncer maligno muy desarrollado en mi pulmón izquierdo, no me puedo arrepentir de los cuarenta cigarros al día. El hecho es que una puta cadena de ADN que sólo se puede observar a través de los microscopios más complejos se ha roto, ocasionando que las células de mis tejidos comiencen a reproducirse estúpidamente.

--Estás desahuciado—me dijeron.

--Voy a morir—pensé.

El caso es que, desde niño, siempre supe que iba a morir. Nunca pensé que fuera tan pronto. Y es que vivimos de la esperanza ante el tedio, la soledad, la infelicidad. Debo confesar que no he encontrado los motivos por los cuales la esperanza me mantenía vivo, y no pienso que, con el reloj más en mi contra que nunca, pueda llegar a encontrar ese estúpido “rayito de esperanza”.

Si antes era un iconoclasta, ahora tengo la gran necesidad de subirme a un púlpito de catedral y reclamarles a los fieles su angustia --por envidia, quizá—mostrándoles lo insignificante de sus miserables vidas. Orinar en las iglesias, exacerbar mi iconoclastia. Deseo correr desnudo por las calles gritando que la existencia es irrelevante, que la muerte se lo lleva todo… todo. Gritar que las esperanzas no valen de un carajo, que sólo traen desilusiones.

Me invade entonces una sensación física de asco; deseo vomitar, vomitar todo lo que tengo dentro… eyacular. Tomo un taxi en cualquier esquina, pues ahora los nombres carecen de sentido. Sullivan es el único nombre que quiero pronunciar. Ante los picarescos comentarios e intentos de conversación del taxista me mantengo inmutable, impasible, pensando en la soledad de un encierro que nunca conoceré; en cuatro paredes de madera forradas por dentro de tela; en esa caja mortuoria que no protegerá a mis tejidos de ser devorados por gusanos, que no protegerá mi cuerpo de la humedad que lo descompondrá. Dos años; dos años y todo ésto seguirá en movimiento. Las mismas rutinas se fundirán con otras, el caos seguirá pululando las ciudades. ¿Y yo? Yo no estaré en ningún lado. En estos momentos me invade el deseo de morir con el mundo, de compartir mi muerte.

Los faros de los automóviles comienzan a encenderse. Un abrumador desfile de luces me hace hundirme cada vez más en el duro e incómodo asiento trasero del sedán. Lo he planeado todo; en menos de un día lo he planeado todo.

Justo en el momento en que el tedio se convierte en sueño y el sueño inunda mi cuerpo con el deseo de morir ahí mismo, --de obligar al taxista a buscar un lugar solitario en donde tirar mi cuerpo inerte que, según mi imaginación, será devorado por una jauría de perros callejeros-- el hombre tras el volante, con una voz ruda, harto probablemente de mi nulo deseo a entablar conversación alguna, me dice: “ya llegamos”.

Busco en mi jean Armani, que no me sirve para nada, un frasco y una caja antes de tomar mi billetera. Dos tafiles, tres gotas de rivotril y una pastilla de viagra. Cuarenta y dos cincuenta le entrego al chofer y bajo sin miedo a la ciudad, a escrutar paso a paso las formas de cada sexoservidora.

Encuentro por fin a quien estaba buscando, encuentro por fin a una mujer que me provoque más asco que yo, que me haga olvidar el sentimiento de lástima que mis conocidos profesan hacia mí. La tomo de su suave brazo cubierto de deforme grasa y le digo: lo que quieras; quiero decir, cuánto quieras. Ella sonríe dejando entrever la podredumbre que se encuentra en medio de sus dientes. Me embriaga el olor a alcohol que ella transmite a través de su vaho cuando me responde: subamos a este hotel y ahí nos ponemos de acuerdo.

No recuerdo haber fornicado de manera tan frenética y violenta; era como si deseara vengarme del mundo a través del fuerte golpe de mi falo que se incrustaba entre sus piernas, que penetraba entre las negras arrugas de sus dos desproporcionadamente grandes labios menores. Lo más motivante fue el hedor que desprendía su vagina, pues me hacía sentir por primera vez en la vida un ser hediondo, un individuo común y muy corriente.

Para ella el tiempo era importante; necesitaba con urgencia que el preservativo se inundara de mi semen para así poder buscar otro cliente. Yo, por el contrario, quería revolcarme con ímpetu por el mayor tiempo que me fuera posible; deseaba vengarme también y olvidar los dulces comentarios sobre mi persona que se efectuarían durante el irrelevante velorio.

Fue entonces, cuando vomité sobre la mierda, que descubrí una imagen epifánica: un retrato de un puente colgado sobre la cabecera de la cama. Decidí entonces que un invento de los hombres, un pretexto a la muerte, no impediría mi propia libertad de decisión. Vi mis propiedades que no valían para nada, las sumas de dinero que había ahorrado en el banco y descubrí mi silueta en el puente del Rey Carlos que colgaba en la pared, descubrí mi silueta sostenida por un lazo que amarraba mi cuello y, por primera vez después de que me dieron la terrible noticia, me sentí contento.

El Zahir

El espejo falso, René Magritte.

No sé si haya sido una creación mía; no sé si fue tuya; no sé siquiera si alguien lo haya creado o si apareció simplemente; quizá haya existido siempre y yo, sin buscarlo, lo encontré. Lo tenía entre mis manos, jugueteando entre mis dedos, apareciendo y desapareciendo; permanecía, sin embargo, siempre ahí, ahí en mis palmas; y yo, maravillado, lo asía sin poder soltarlo, mirándolo como si me tuviera hipnotizado.

Me embriagó entonces una sensación deleitante, unas deliciosas ansias de mostrártelo. Así comencé a correr alegre, como niño extasiado por la fantasía. Buscando estuve maniáticamente por ti para que lo vieras, para que compartieras conmigo ese elixir, ese deseo inalcanzable, esa ambrosía visual.

Saltaba los arbustos, atravesaba los parques a gran velocidad, iba de edificio a otro tratando de reconocer tu silueta. Y el viento parecía soplar más lento y los árboles carecían de movimiento.

No podía soportarlo; no podía soportar que me faltara tu presencia.

Me encontré de frente contigo, y mis ojos inquietos se sumergieron profundo en tu mirada tibia. Estaba tan emocionado que no sabía que decirte. Sonreíste burlona, tímidamente; por la expresión en mi rostro, tal vez.

-Ven—te dije—quiero enseñarte algo.

Frunciste el seño extrañada. No te tomé de la mano; temí perder lo que llevaba entre ellas. Tú parecías no poder precisar lo que contenía.

-¿Qué es?—fingiendo interés preguntaste.

-Un zahir.

-¿Qué zahir?

-Mi zahir—contesté poniendo énfasis en el mi, luego hice una pausa y continué: Todo; soy yo y eres tú y son mil caras.

-Pero ¿qué es?—desesperada preguntaste.

-Es la seducción más grande de este mundo. Es poesía sin palabras, encerradas en un cristal, encerradas en una magnífica burbuja de colores que distorsiona labios y sonrisas y miradas, y paisajes que los adornan; y cada distorsión hace más bello lo que está dentro. Es lo más hermoso que puedas ver.

-Enséñamelo—incrédula me pediste.

Abrí lentamente mis pulgares para que lo observaras, girando mis manos con cautela. Tardaste unos segundos tratando de enfocar mis palmas.

-No es nada—apática contestaste.

-Obsérvalo bien—insistí.

Tu mirada volvió hacia mis manos. Tus ojos verdes comenzaron a iluminarse y tus pupilas comenzaron a hacerse más y más grandes al mismo tiempo que tus párpados.

-Es hermoso—comentaste a soto voce, agradecida—tan hermoso que no puedo creerlo… y ¿para qué sirve?

-Para nada—mentí – pero sé que no puede haber nada más hermoso.

Nos sentamos, juntos. El viento volvía a soplar, los árboles movían sus cabezas de un lado a otro para ver de diferente ángulo lo que tenía entre mis manos. Todo lo demás estaba inmóvil. Un pétalo blanco suspendido frente a nosotros pedía inútilmente ser visto, pero sólo podíamos contemplar aquellos colores, aquellas miradas, aquellas sonrisas, labios, cuellos, sexos que se dibujaban y se transfiguraban y se desdibujaban dentro de la esfera caleidoscópica, dentro de ese pequeño círculo que parecía flotar entre mis palmas, escurriéndose por las comisuras de mis dedos, girando alrededor de ellos: creando una cálida excitación. No hablábamos. Nos acompañaba el silencioso pasto, lleno de clorofila como tus ojos.

El deber rompió el silencio; debías irte. No lo hiciste sin antes intentar quedártelo: quedarte mi zahir. Debí, probablemente, obsequiártelo.

Nunca pensé lo que dirían tus palabras que navegaron viles a mi puerto. Nunca pensé que después de compartir conmigo ese microcosmos onírico escribirías algo tan formal como aquello, aquello que decía que todo había sido producto de la imaginación.

Dejé caer el zahir. Lo volví a tomar. No sabía si enseñártelo nuevamente. Abrí la ventana y lo dejé en libertad; finalmente no era nada… no servía para nada. Mis ojos se inundaron de una terrible pérdida.

Cuando volví en mí, seguía sin tener nada.

AGAPI MU

Leda y el cisne, Tintoretto.

La frescura lunar se cuela entre las cortinas. Las ansias subyugan mi cuerpo ante su deseo y mis manos se diluyen en tus mejillas mientras el espacio entre tu cara y la mía va estrechándose. Las puntas de mis dedos, líquidas se deslizan; mis índices se detienen justo debajo de las comisuras de tus labios. Los meñiques, con pequeños y lentos círculos, te acarician la parte posterior de tus lóbulos. El movimiento de mis labios a los tuyos se detiene por un instante para permitir que mi tacto bañe tu cuello, recorra tus hombros, tus brazos y se conviertan en un cosquilleo en tus muñecas. Y siguen recorriendo por tus palmas hasta que nuestros dedos se entrelazan. Mi boca, entonces, roza con sutileza a la tuya. Mi labio superior queda entre tus labios y tu labio inferior entre los míos. Un instante de éxtasis pleno obliga a nuestras mandíbulas a dejarse guiar por los impulsos, a entreabrir los dientes y permitir que las lenguas hablen por nosotros, jueguen a vencer el miedo que les provoca un lugar ajeno, vayan adquiriendo confianza mientras pícaras tocan sus puntas.

Eres tú quien ahora vence el temor, eres tú quien se atreve llegar más adentro de mí, a intentar inútilmente de envolver mi lengua en la tuya. Entonces mis manos adquieren valor y toman la piel de tus caderas, y la van frotando hasta posarse en tu espalda baja, hasta encontrarse, hasta reposar sobre tus glúteos.

Aprieto tu cuerpo contra el mío, con fuerza, tratando de fundir los dos en uno sólo. Te deslizas hacia abajo y te separas; el colchón de la cama llama concupiscente a tu espalda. Me esperas. Te recuestas y me esperas mientras yo me deshago de mi camisa. Y la espera es infinita, y las ganas exacerban tu mirada y mis manos se apresuran y mis ansias me apuñalan. Y me recargo con ambas manos en el borde de la cama. Mis besos recorren tu cuerpo húmedo y desnudo, y ahora es mi lengua la que desea envolver a la tuya.

Me observo. Con los ojos abiertos nos reflejamos en las lágrimas que van brotando de nuestras miradas. Y yo me ahogo feliz en tu cielo, en tu mar, en el calor de tu mirada que derrite mi carne entre tu piel y me sumerge en un suspiro dentro de tus poros. Y me bebo la ambrosía de tu alma mientras tú bebes el elixir de la mía. Y yo, cazador nocturno, soy la espuma del mar en donde ha nacido Afrodita.

miércoles, noviembre 15, 2006

Un sillón

Recostarme en un sillón
cómodo,
recargarme entre sus senos;
su calor mojando mi espalda;
fundirme en él mientras el tiempo pasa
palabra por palabra,
impregnándose el papel en mi tinta
en cada idea,
en cada palabra.
La silueta alegre de unos labios femeninos
y el vapor del café sobre una mesa
--imágen tras palabra--
junto a la ventana que esconde el follaje de montaña
y un río
y un libro entre las manos
y tus labios y los míos
sin pronunciar una palabra.

martes, junio 06, 2006

Ficticia Apología del Artista

La obligatoria necesidad del del deber, de la responsabilidad, suyuga mi imaginación a la realidad. Pero no quiero, por ello, descubrirme a través de los ojos del prójimo pues(,) la verdad(,) duele; prefiero ser el Fiorentino Marcelo Antonioni, el Holandés Karl Vav Vandergraft, el porteño Martín Cambiaso: yo.

Soy un espía; eso dirá usted que, a pesar de verme como un atípico espía, me considerá como tal. Pero soy realmente un intelectual, un intelectual infiltrado en el gobierno y no un espía del gobierno infiltrado en la intelectualidad. Si desea llamarme por un nombre, llámeme Homero pues, realmente, soy Homero; un literato, un guerrero que busca recuperar lo que le pertenece: el sagrado grial. Empuño en mi mano el arte, impulsado por la sublime, la sabia intuición humana. Lucho por la libertad de juicio, por recuperar la belleza que nos robó la hipocresía en la que mutó aquel cinismo, aquel cinismo que nos gobernaba y que habíamos vencido.
El cinismo era un honorable yugo, pues se aceptaba así mismo ya que no le importaba el verse a través de los ojos ajenos y, por tanto, se permitía la expresión subyugando al arte, obligándolo a expresarse por él.
Para mí, la belleza es la verdad suprema, y hay belleza en el cinismo pues es honesto, es verdadero. La hipocresía oculta la verdad, es deshonesta y, por ello, no se permite la expresión verdadera, oculta la belleza; es una mentira sin imaginación que reprime al arte. Mi deber es recuperar la verdad, volver a ostentar el juicio a lo bello, infiltrándome en sus murallas a través de una mentira, del producto de un trabajo: un equino que cubre mi realidad ante los ojos del prójimo. Debo pues disfrazar la verdad de mentira para mentirle al mentiroso y así, dentro de su infrestructura, descubrirme con la verdad aunque, con el trinufo, el cinismo religioso nos subyugue otra vez; pues ya he demostrado que es preferible.

Yo soy Homero, un artista; yo no soy un espía.

viernes, mayo 05, 2006

La vida me ha enseñado que en no se deben esperar las cosas pues, si el presente es un instante apenas existente, el futuro es un deseo desconfiable que quizá nunca llegue. Hoy me castiga el miedo que me pueda faltar vida para mirar tu cara una vez más, escuchar de tus labios el sí que me hará feliz y me permitirá darte todo el tiempo que necesites; para, sin máscaras en nuestras caras, poder verterme entero en tí y contagiarte de la felicidad que me provoca tu mirada... he comprendido que muero por hacerte feliz.
Espero con ansias (el tiempo que sea necesario) el sí que libere tu alma y cuerpo de la cárcel de mi imaginación, para así descubrir todas las palabras, los detalles y las caricias que te den la felicidad; sin promesas de mañana... siempre hoy.
...y cambiar mis lágrimas de frustración por lágrimas de felicidad al creer que no podría sentirme mejor; y seguir sintiendo una extaciante sinfonía de placer increcendo en mi pecho, y compartir esa música contigo; con un susurro que te queme el pecho y purifique tus ansias... y las libere.
Hoy tengo miedo que mañana el tiempo me falte para hacerte feliz.

jueves, abril 27, 2006

Seguramente, después de haber descifrado la piedra roseta, Champollion exacerbó de orgullo y comenzó a leer varios jeroglíficos, sintiéndose poseedor de un conocimiento que nadie más en el mundo poseía. Pronto, cuando comenzó a nutrirse del conocimiento de aquella cultura, observó un pájaro grabado sobre una tumba y quiso recordar lo que imaginaba era su significado antes de haber descifrado aquella escritura; recordó tantos significados o, mejor dicho, remembró tantas imágenes de cómo a partir de unos dibujos él pensaba que podría haber sido aquella civilización, que la realidad le resultó un tanto precaria; sintió que su imaginación había sido aprisionada por la escritura y cayó en una profunda depresión.
Hay veces que me siento como Champollion descifrando la piedra roseta y comprendo la paradoja de las abstracciones a las que llamamos lenguaje, pues mientras más palabras absorbo, más descompongo los conceptos y las ideas, me lleno de pleonasmos y la imaginación visual se convierte en palabras; “...palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros... ” diría Borges. Los niños piensan con imágenes, pues les faltan las palabras. Las palabras liberan a través de conceptos, sin embargo también son una cárcel a las múltiples posibilidades de interpretación de una imagen; las palabras son insuficientes... y son de otros; estoy preso en las palabras de otros.
Me sentí preso mientras la veía bañada en sudor con sus brazos estirados en cruz; el amor es intermitente, pero ahí está siempre. Ella, de vez en cuando, volteaba su mirada hacia la mía y la comisura de sus labios se extendía por una conjugación de nerviosismo y de esa satisfacción de sentirse deseada por alguien; yo, como Yeicko, sólo me podía sentir contento de saberla nerviosa ante el acoso de mi mirada. Mis pensamientos intentaban descifrar los suyos. Sentí que era un preso al comprender que sabía todo de ella, al saberme enamorado de su carácter de “ratoncito” que es tan criticable (la gente se enamora de los defectos, he oído decir); preso al comprender que sabía todo de ella menos lo importante, que no entendía su cuerpo, que no lo conocía; que no había descubierto los lugares que encenderían su pasión y podía, sin dudarlo un segundo, regalar cinco años de mi vida por poder averiguarlo. Su historia era, en ese momento, como los jeroglíficos egipcios y su cuerpo era el metalenguaje de la imaginación que es un deseo del futuro, unas ansias presentes y un pasado cierto pero inexistente... un infinito por descubrir.
Mientras la paradoja del lenguaje, la analogía de ella y mis deseos de descifrar todo esto y así, análogamente sus pensamientos, invadían mi mar sináptica, una melodía invadió mi cabeza trayendo consigo las palabras de otros (Marco Antonio Pérez y Cornelio Reyna Jr.) que interpreta el grupo norteño Intocable; supe que, indudablemente, habían sido evocadas por aquella sonrisa y venían a liberarme de una probable frustración de hora y media que duraría aquella clase. "Estás que te pelas" es el nombre de la canción.
Sus inseguridades son evidentes, pero aún más evidente es cómo las hago derrumbarse con una mirada, cuando las coyunturas de sus labios se extienden. Yo también soy un hombre inseguro, sin embargo aquella canción me provocó tomar valor para recordarle de la cita que teníamos para el día siguiente.
--Tenía muchas ganas de ir—me contestó – pero pues ya escuchaste que mañana tengo que estar en Ajusco a las tres y media.
--Pues ni modo—le dije – el destino no lo quiere – concluí decepcionado y lo repetí alrededor de cinco veces cada vez más decepcionado, cada vez más molesto con el destino; ella me miró con extrañeza sin entender el porqué de mis palabras..
Finalmente termino de escribir sintiéndome un reo de una cárcel de tres paredes; el lenguaje, su historia y mis anisas cobijados por la loza del destino y yo, a través de las rejas de la cobardía que me dejó el pasado, veo su cuerpo y las llaves de mi celda en sus manos... y no sé qué decirle, sólo puedo imaginarla dándome la libertad que tanto anhelo.

sábado, abril 22, 2006

Las ramas del orejón, con sus relativamente pocas hojas, cubría de los rayos del sol al ruedo y a la casi centena de espectadores que presenciaban parados sobre la tierra vega lo que sucedía dentro del ruedo. La temperatura ascendía hasta los casi cincuenta grados centígrados a la sombra y la humedad era demasiada, un poco más que lo habitual en esa zona debido a la cercanía del río Tampaón; demasiado para permitir que las camisas de todos y cada uno de los presentes no se empapasen de sudor. Yo estaba parado sobre las puntas de mis pies buscando, entre dos cabezas, con la mirada a uno y otro gallo mientras la mona los aporreaba antes de la pelea.
--Cincuenta al del lado derecho, güey—le dije a Manuelito.
El Skreetch giró su cabeza a la derecha para ser aconsejado por Towy, que tiene fama de tener “buen ojo pa los gallos”. Con los brazos cruzados, Towy asintió con la cabeza y dijo unas palabras a soto voce que no pude escuchar claramente e, inmediatamente después, Manuel volvió a voltear hacia su izquierda y me miró por un par de segundos tratando de escudriñarme, resolviendo si creer en mi intuición o en la de Towy; luego sonrió.
--Yo pongo veinticinco y Towy los otros veinticinco—respondió --¿Te parece bien?.
--Se ve más corrioso el tuyo, pero verás cómo el “Tyson” es como vampiro el cabrón—hice un silencio como queriendo crear un suspenso en Manuel—se va a ir directo a la yugular el hijo de la chingada—terminé de decir haciendo énfasis con pausas en el ritmo y exagerando el acento norteño.
Una voz metálica chillona, de fumador, resonó en mis tímpanos, era el juez que estaba justo en el centro del ruedo pintando imaginariamente una línea con la mano; “puestos quince”, dijo.
Los amarradores llevaron sus gallos de su regazo al suelo y, al soltarlos, los animales inclinaron su cuerpo hacia delante, erizaron las plumas del cuello y se dirigieron velozmente a atacar a su contrario. Saltó primero el gallo giro que pertenecía a la esquina roja, milésimas de segundo después saltó el verde, su rival. Bailaron por un lapso de aproximadamente dos segundos, agitando sus alas en el aire y entrelazando sus patas; el “Tyson”, el del color rojo, clavó en ese salto por primera vez su navaja, en el ala izquierda de su rival. Cayeron ambos de pie y apenas sintieron la tierra entre sus patas y volvieron a saltar y a suspenderse en el aire, ahora por menos tiempo. Otra vez “mi” gallo hirió a su contrario pero ahora en el pecho y, debido al impulso que llevaba hacia delante, lo tiró dejándolo con la espalda en el suelo. Lo pisó varias veces pero no volvió a clavar su navaja; pasaron un par de minutos y sólo se observaban el uno al otro; uno parado a dos centímetros de la cabeza del otro.
--¡Ya mátalo, Tyson!—grité desesperado—¡Ahí lo tienes! ¡A la yugular, a la yugular pendejo!.
La gente me observó; algunos en gesto de reprobación, otros con una sonrisa de complicidad en la cara y también hubo quien soltó una carcajada.
--Lo bueno es que es de él el rancho—dijo Paco a Manuelito en tono irónico, burlesco – porque si no ya estarían madreándolo.
Pareció como si el ave de corral hubiera comprendido mis palabras pues se lanzó sobre el cuello del otro gallo. La pata izquierda cayó justo donde debería para matarlo, sin embargo la otra (en la que tenía amarrada la navaja) falló por muy poco, por milímetros consideré yo. Lanzó en el suelo el gallo verde una patada con la pierna izquierda y luego una con la derecha que se clavó a mitad del pecho, dio un veloz y extraño giro a su lado izquierdo y se cambiaron las posiciones; ahora estaba el animal que me podía hacer ganar cincuenta pesos debajo del otro, ahora estaba, sin embargo, con una navaja atorada en el pecho.
-- ¡Ya ves, pendejo; por no matarlo cuando lo tenías “de pechito”!... te tumbaron con un “upper cut” bonito—grité frenéticamente mientras los galleros inmovilizaban a sus pupilos y uno de ellos tomaba la pata derecha del animal, sacando con precisión quirúrgica la navaja de entre la carne del pecho de su inversión para no cortarlo más.
--Puestos quince—volvió a anunciar el juez con su penetrante voz.
Volvieron a saltar y a danzar en el aire, y “mi” gallo volvió a penetrar con el filo de su navaja el cuerpo de su contrincante.
De la única herida que había recibido comenzó a brotar mucha sangre, goteaba a intervalos de poco menos de un segundo y se estrellaba en el suelo comenzando a crear un pequeño charco. Se vieron fijamente, frente a frente, pero no se atacaron. Finalmente “Tyson” se sentó moribundo.
El juez pintó con su dedo índice de la mano derecha una línea entre los dos gallos mientras sentaban al moribundo y levantaban su pico haciendo erguir su cabeza con la esperanza de conseguir que el tiempo se terminara y siguiera con vida; faltaba todavía mucho tiempo.
El amarrador no quiso sólo parar a su gallo, esperando que el de su rival tocara suelo con el pico, y lo “mandó”. Lo último que “Tyson” vio fue el brillo del reflejo de un rayo de sol que se colaba entre el árbol que cobijaría su muerte en la navaja de la pata de otro gallo y, con la cabeza en alto, su sistema nervioso paró sus funciones en un instante.
--Todavía me quedan cincuenta—pasándole un billete le dije a Skreetch—y en los gallos es en lo único que tengo suerte. Vas a ver que voy a salir ganando.

2

--¿Cuánto tienes?—le pregunté a Paquito.
--Pues yo pongo veinticinco—contestó.
-- Ya con eso juntamos doscientos. Vas a ver que ese gallo va a ganar; se ve bien corriosillo—le dije mientras miraba de soslayo al larguirucho de sombrero y barba de candado con el que apostaríamos la siguiente pelea.

martes, abril 11, 2006

Hoy, antes de ver a Toño, releí una imagen que escribió mi amiga Pía y decidí escribirle un comentario, lo primero que se me viniera a la mente:
“A mí, ésta imagen me remonta a una imagen que imaginé en el pasado, una imagen que imaginé en el reflejo de sus ojos; era la estela de su pasado que dejaba la huella de la carabela de su presente. Yo, creyendo ser corsario, me veía navegando mi barco tras de ella. Un verdadero pirata se cruzó en la huella de su estela, saqueó mi barco y me dejó náufrago.
Hay días en que puedo ver frente a mí la estela que quedó en el recuerdo de sus ojos y yo, exhausto de tantas noches sin dormir, flotando entre tiburones; me duermo, soñando con la esperanza que la carabela pase alguna vez frente a mí y me lance una cuerda... y pueda subir a bordo... y recomenzar a construir.
Tan sólo con recordar tiembla todo mi cuerpo. Me hizo recordar, sólo me hizo recordar...
Un abrazo.”
Después leí por primera vez su segunda imagen, que apenas había publicado mientras yo escribía el comentario en su página de internet; en ésta se retrataba a ella misma viendo a través de una pequeña ventana a un amante del pasado; decidí volver a hacer un comentario basándome en lo primero que sintiera y pensara sobre ella:
“La soledad es la única realidad que existe (la contemplación a través de la ventana); fuera de ella sólo hay ficción. Creo que uno se maravilla ante las cosas cuando las contempla en soledad, y la ficción está para desasosegarse de uno mismo, para creer que hay algo más allá del mortal y desesperante yo; para creer y para crear... para aprender a amarse o para olvidar que se desprecia a uno mismo.
Aunque a veces también las soledades se comparten.
Eres GRANDE.
Un abrazo.”
Después de hablar con Antonio sobre esto me dí cuenta que estaba viendo a dos carabelas navegando cerca de mí, y que les pedía a gritos a través de la mar de esta ficción un salvavidas, esperando que mis palabras hicieran eco en la realidad. Ultimadamente, sin embargo, ya no distingo claramente entre la realidad y la ficción; cada vez me envuelvo más dentro de este juego enfermizo. ¿Pero qué es la vida?; Calderón de la Barca decía, en La Vida es Sueño, que la vida es una ficción; sobreentendiendo que las relaciones humanas están basadas en estímulos ficticios. Toda comunicación se realiza a través de invenciones, de estímulos creados... reaccionamos con verdad ante estímulos ficticios; así vivimos. Somos un animal “fake”, Platón. Y la realidad es sólo una interpretación a través de una ventana solitaria.
¿Entenderán mi desesperado grito a través de la WEB o sólo a Jacques Costeau le gustaba hacerle el amor a los naufragios?. Tengo miedo de pedir ayuda.

lunes, abril 10, 2006

El ruido del motor de las camionetas que pasaban por el camino de grava a través del portón me sustrajo de mi letargo; eran las diez de la mañana, me decía mi madre a gritos. Mis amigos iban llegando a la cita del medio día y yo, todavía con la baba seca en mi cachete derecho, salí al pasillo a saludarlos de lejos y en calzones.
--Me voy a bañar—les dije, sabiendo que, mientras tanto, Flavia les prepararía unas quesadillas o unos tacos de bistec.
Tomé un pantalón de mezclilla, unos calzones de licra y una playerita azul y me metí a la regadera. Esperé a que el agua saliera caliente, aplicando la misma rutina de las cubetas de agua, y me bañé apresuradamente, sin repetir el que se convertiría en un habitual juego del abecedario. Al salir me calcé unos calcetines y los tenis rojos de siempre que me había comprado en Buenos Aires y salí a la cocina.
Mis amigos me estaban esperando en la mesa mientras desayunaban unos bisteces; Towy (el gordito de rasgos toscos y pendientes en ambas orejas; “Towy boy”) , Caballo (el que se escondía detrás del humo del cigarro) , Manuelito (Skreetch), Paquito (al que le dijeron que se parece a Ben Affleck pero que ni él se la cree) y Choche. Mi hermano también estaba ahí, pero él no iría a las peleas de gallos que se efectuarían en el corral que está al final del rancho, junto al río, pues la borrachera del día anterior, aunada a los dos días sin dormir en su viaje a León y la gripa que adquirió al pasar por el desierto de Matehuala, lo obligarían a quedarse en cama.
Me volví a subir a la lobo blanca doble cabina, Intocable volvió a sonar, haciéndome olvidar aquella noche de pasión cobijada bajo el Réquiem de Mozart, y partimos hacia el corral.
Vi por entre los dos asientos delanteros y a través del parabrisas las camionetas estacionadas y un ruedo hecho de estacas y sacos vacíos. Con ansiedad revisé mi cartera; en el monedero no había nada... ¡cien pesos en billetes de cincuenta! ¿Sería que la suerte me sonreiría nuevamente?

domingo, abril 09, 2006

Otra vez estaba con Toño, decidiendo como siempre; comenzando a decidir mi futuro mientras aullaba a la luna llena.
--Pero hoy la luna está en cuarto menguante, ¿no?—pregunta Antonio.
--Eso sí no sé—irónico contesto.
--Oyes, pero si eso es de primero de primaria—sorprendido de mi ignorancia en el asunto, contesta Toño.
--Yo comencé a poner atención en la Prepa, casi en la Universidad; ¡a duras penas sé quién descubrió América!.—aún más irónico, comento.
--Pues Hernán Cortés—bromea.
--Y Zeus la sorprendió—contesto, riendo para mis adentros – aunque el “descubrimiento de América” es un concepto imperialista si lo analizas bien, pues el continente americano ya estaba habitado, además ya habían llegado los chinos y los vikingos antes; es un concepto imperialista porque no fue descubrir el continente como tal, sino descubrir un nuevo mundo por ser conquistado. –comencé a explicar, cambiando de tema, y seguí explicando hasta que el velador de sesenta años me pudo comprender perfectamente.
--Y dices que tú que aprendes cosas de mí.
¡Qué irónico!; tenía razón, pues probablemente no era él quien me enseñaba cosas, sino la interpretación que yo hacía de lo que me decía; o ¿ambas son lo mismo; mi interpretación y su enseñanza?; finalmente toda enseñanza se interpreta.
Intocable sonaba fuerte en el estéreo de la camioneta pointer azul y transportó a Toño a través del recuerdo, dentro de una cantina donde Mayté, su amante, intentaba darle chupetones en el cuello y llenarle de labial el cuello de la camisa; él no se dejaba.
--Pinches viejas, están cabronas—le dije – nosotros podemos hasta matar; ellas (las amantes), por los celos que le tienen a la esposa y por ojetes, hacen cosas peores; te matan en vida; acaban con tu estabilidad y te dejan sin esposa, sin hijos, sin amante... bebiendo en una cantina. Es como las realidades; tenemos muchas realidades, muchos círculos sociales con caras diferentes: la amante y la esposa son dos realidades, puede saber ésta realidad (la de la amante) que ésta existe (la de la esposa) y al contrario, pero nunca se pueden enfrentar porque se pueden destruir las dos... es como los círculos de amistades que a veces se terminan cuando se intentan de mezclar dos círculos; terminan enfrentándose y destruyéndose.
¿Qué será de la ficción; podrá mezclarse con alguna realidad?. ¿Podrá el personaje que quiero inventar de mí a través de la ficción convertirse en alguien “real” en un lugar donde pueda embonar en el espacio?¿En Tamuín?.
Toño comenzó a contarme una historia que yo ya conocía, que me había ya descrito con detalles varias veces; la muerte de su hermano. Cuando el Sr. Delgado recordaba su cumpleaños número diecinueve en el que, yendo de reventón con su hermano mayor (veintiséis años), el ex novio de la prometida de su “carnalito” apareció frente a ellos con una nueve milímetros, jaló el gatillo y le dejó un hoyo en el entrecejo al hermano del velador de mi casa que salía por la mitad del lóbulo occipital. Me sentí un imbécil; llevaba, desde lo sucedido en eje 6, varios días sintiéndome mal físicamente, confiándole mis pensamientos y mis sentimientos a Toño; olvidándome que había sido él quien me había contado del asesinato de su hermano, que había trabajado en el Servicio Médico Forense y había descubierto a varios de sus compañeros practicando necrofilia con cadáveres recién llegados, el que había visto a dos judiciales matando a una pareja sin razón, en tiempos del negro Durazo.
Momentos después se abrió la puerta eléctrica de la casa y entró mi tío el doctor, que vivía también en aquella casa, en su camioneta nueva.
--Oye—llamo la atención al pediatra, que había bajado el vidrio lateral para saludarme -- ¿sabes qué desparasitante es bueno y no te pone como idiota?—le pregunto.
2
--Eres un iconoclasta de corazón, con una mano en el fuego y otra en la luna. Pero te faltó mencionar la fijación patológica que tiene dios con la sexualidad escatológica y de vez en cuanto se toma la libertad de cagarnos encima—mensaje de Damnant quod non intellegunt, decía: mi primo Adolfo.
--Pues dios parece divertirse viendo cómo cago; cómo él me hace cagar—pienso.